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Polvo sin manos


Anoche soñé un polvo muy especial con mi novia, un polvo en el que estaba vedada la penetración y casi el contacto físico. No podíamos gritar, sino susurrar. No podíamos usar la lengua, sino rozarnos con los labios y el aliento. No podíamos acariciarnos a manos llenas, sino con los pulpejos de los dedos, y siempre sin hacer más presión sobre la piel que la que harían las patas de una mosca. Queríamos que la condensación del deseo llegara a ser dolorosa, insoportable. Queríamos que el ansia creciente de la posesión, continuamente aplazada, insatisfecha, angustiosa como el suplicio de Tántalo, nos llevase a una pequeña muerte.

Nos tumbamos en sentidos opuestos, como para un sesenta y nueve. Ella frotó una mejilla contra el bulto que reventaba mi slip. Yo olisqueé la entrepierna de su braguita, emborrachándome con las esencias de manigua que la impregnaban. Sentí cómo se desperezaba mi verga al roce de su cara, cómo desplegaba sus anillos de boa y erguía peligrosamente su cabeza. Surqué sus afeitadas ingles con la barbilla, con los pómulos, con la punta de la nariz. Detecté el relieve de su lentejuela sublevada y, apresándolo en mi hocico, soplé sobre él. Ella trataba de embocarse mi racimo, lo perseguía con giros y más giros de cabeza, pero resbalaba en la tela. Cuando mi ardiente vaho se extendió por entre sus muslos, cuando empecé a raspar su interior con los cañones de mi barba, una materia irisada se escurrió por la cintilla de su tanga. Mi chica hablaba a la serpiente con bisbiseos hipnóticos, yo podía oír como entre las nieblas de la droga una letanía de súplicas y ofrecimientos.

Mi rebullir de ahogado entre sus piernas la obligó a despatarrarse sin pudor, culeando en busca de placeres todavía inconcretos. Mis cojones, sofocados en su opresiva cárcel, se desparramaron de golpe fuera de la bragueta, irrumpiendo en su boca. La pitón se evadió por la misma brecha, ya totalmente desencadenada, y golpeó su rostro. Le bajé el tanga con los dientes, deshilachándolo, desgarrándolo. Una espesa nube de hormonas abofeteó todos mis sentidos. Me coloqué sobre ella, haciendo pendular mis huevos cerca de sus ojos, vibrar mi sable acerado a las puertas de su boca. Ella veía la roja bellota desnuda oscilar a un milímetro de sus labios, intentaba alcanzarla y se le escapaba. Una y otra vez abría sus labios sedientos, implorantes, y una y otra vez les retiraba yo el alimento con latidos controlados.

Fui a saciar en su coño mis ansias de náufrago y ella cruzó los muslos. Me alejé de él y ella volvió a mostrármelo en todo su esplendor de papaya madura, chapoteante, olorosa. Sentí las yemas de sus dedos erizándome el vello de las nalgas, estremeciéndome los riñones como un escuadrón de hormigas implacables. El contacto era mínimo, casi imperceptible, un presagio de caricia, una sombra, pero oleadas de deseo me atenazaban el pecho y empezaban a asfixiarme. Adiviné la posición de sus tetas por una sutil irradiación y fui acercando a sus pezones mis yemas cautelosas, trazando círculos en el aire donde respiraban sus abultadas aréolas. Sus dedos se paralizaron sobre mi espalda, suspendidos a flor de piel, y eso delató que la marea del deseo también estaba subiendo por su cuerpo.

Retrocedí a gatas y me arrodillé detrás de su cabeza. Las oscuras tetinas, en efecto, habían adquirido una dureza cerámica. Mis huellas digitales se insinuaron en sus cráteres, y la sola premonición de una cosquilla hizo asomar dos gotas de calostro. Los pechos, arrastrados por sus acumuladores de energía, se esponjaron y enderezaron, orgullosos. Noté el ardor de sus carrillos subir por mi cipote vertical, que presidía su frente como el arma de un unicornio. Noté en los rizados pelos de mi escroto el roce de sus cejas, el aleteo de sus pestañas.

Me situé frente a ella, la cubrí hasta que nuestras auras entraron en contacto, lo necesario para electrizarnos los pelillos del vientre, para ponernos la carne de gallina. Hice crepitar mis labios en su sobaco sudoroso, donde afloraban retoños de oscura vegetación, mientras ella esparcía con sus jadeos ardientes la maraña del mío. Me perdí en el laberinto de su oreja, titilándole el lóbulo, y la sentí retorcer el cuello, convulsa, agonizante, mientras me oía llamarla puta con susurros y ráfagas de aliento en lo más profundo de su oído.

Se acuclilló sobre mi cara, igual que una diosa oriental, y me la bañó con los tórridos efluvios de jungla de su guayaba despulpada. Según se balanceaba lentamente, yo veía pasar ante mis desesperados ojos el garbanzo de su clítoris, enorme, amoratado, surgiendo de una cama de vellones chorreantes; la tornasolada medusa de su chocho; la branquia fruncida y negra de su ano, con una misteriosa lubricación natural. Cuchicheando, ahogado, le propuse placeres inauditos, perversiones atroces. Ella resoplaba, saturada, pletórica. La lujuria entornaba sus párpados, descolgaba sus mejillas, hacía correr la baba por el desfiladero de sus tetas. La vi resplandecer, transfigurada por el goce que presentía, que rabiaba por detonar como una bomba.

Llevábamos horas así. ¿Cuánto iba a durar aquel tormento? ¿Por qué no teníamos piedad uno del otro? Mis dedos ascendían por su abdomen, peinaban a contrapelo sus costillas, trazaban líneas de seda entre sus omóplatos y los hoyuelos de sus ancas. Ella me cardaba el vello del tórax, me rondaba las tetillas, dibujaba la monstruosa exaltación de mi pene con una línea rigurosamente paralela a su contorno.

Por fin, entre estertores, se corrió con una abundancia casi masculina, llenándome la cara de deliciosos chorros y regueros. Mi leche se catapultó sobre sus lomos, como las olas contra el acantilado, y, encauzándose por la rendija de su culo, fue a remansarse en un lago bajo su membrillo… Entonces me desperté, flotando en un mar de semen.

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